Y después de arrancarle la peluca a la patrona...

La solterona no volvió a maltratarme y como nunca mencionó el cabello perdido, acabé considerando ese asunto una pesadilla que se filtró en la casa por alguna rendija. Tampoco me prohibió mirar el cuadro, porque seguramente adivinó que, de ser necesario, yo le habría hecho frente a mordiscos. Para mí esa marina con sus olas espumantes y sus gaviotas inmóviles llegó a ser fundamental, representaba el premio a los esfuerzos del día, la puerta hacia la libertad. A la hora de la siesta, cuando los demás se echaban a descansar, yo repetía la misma ceremonia sin pedir permiso ni dar explicaciones, dispuesta a todo por defender ese privilegio. Me lavaba la cara y las manos, me pasaba el peine, estiraba mi delantal, me calzaba las zapatillas de salir y me iba al comedor. Colocaba una silla frente a la ventana de los cuentos, me sentaba con la espalda recta, las piernas juntas, las manos en la falda como en misa y partía de viaje. A veces notaba que la patrona me observaba desde el umbral de la puerta, pero nunca me dijo nada, me había cogido miedo.
- Así está bien, pajarito -me animaba Elvira-. Hay que dar bastante guerra. Con los perros rabiosos nadie se atreve, en cambio a los mansos los patean. Hay que pelear siempre.
Fue el mejor consejo que he recibido en mi vida. Elvira asaba limones en las brasas, los cortaba en cruz, los ponía a hervir y me daba a beber esa mixtura, para hacerme más valiente.

Eva Luna, Isabel Allende.

1 comentarios:

Dani dijo...

Fantástico! Esta es exactamente la idea.

Hablando del post en sí. Qué sensación de calma tensa. Me encanta que en tan poco tiempo se pueda llamar a alguien pajarito y perro rabioso.

Y ya que estamos un refran que me ha venido a la cabeza:
"Dios me libre de las aguas mansas, que de las bravas ya me cuido yo". ¿Será que es uno de mis favoritos?

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