El juego de las ilusiones

Cuando pronunció su afamado "mot de Sant Denis" hasta el pasto se chamuscó. El desencanto y la desolación lo siguieron. No se dijo ni una palabra. "¡Ahórrenos otro semejante, Madame, por amor de Dios!", gritaron al unísono sus amigos. Y ella acató ese ruego. Durante diecisite años no dijo nada memorable, y todo anduvo bien. El hermoso tapiz de la ilusión quedó intacto [...] Los huéspedes creían ser felices, creían ser ingeniosos, creían ser profundos, y como lo creían, otras personas lo creían aún más; y así se propaló que nada podía igualar el encanto de las tertulias de Lady R.; todos tenían envidia de quienes participaban en ellas; los que participaban se envidiaban porque los envidiban los otros; y aquello parecía no tener fin -salvo el que pasaremos a referir.

Orlando, Virginia Woolf.

0 comentarios:

Publicar un comentario