Si nos pincháis, ¿acaso no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿acaso no nos reímos? Y si nos ofendéis ¿acaso no nos vamos a vengar?
El mercader de Venecia. William Shakespeare.
Si nos pincháis, ¿acaso no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿acaso no nos reímos? Y si nos ofendéis ¿acaso no nos vamos a vengar?
Hay dos clases de animales en este mundo: los que poseen el don del lenguaje y los que no lo poseen. Los animales que poseen el don del lenguaje se dividen, a su vez, en dos tipos: los que hablan y los que escuchan. La mayor parte de estos últimos la constituyen los perros.
-Espere usted -dijo cortesmente Gustavo-, la noción del deber ciertamente que no la conozco, no la conozco ya. En otro tiempo me dió mucho que hacer por razón de mi oficio; yo era profesor de Teología. Además fui soldado y estuve en la guerra. Lo que me parecía que era el deber y lo que me fue ordenado en toda ocasión por las autoridades y los superiores, todo ello no era bueno en verdad; hubiera preferido hacer siempre lo contrario. Pero aun cuando no conozca ya el concepto del deber, conozco, sin embargo, el de la culpa; acaso son los dos la misma cosa. Por haberme traído al mundo una madre, ya soy culpable,ya estoy condenado, a matar, a pagar impuestos para armamentos. Y ahora, en ese momento, la culpa de vivir me ha llevado otra vez, como antaño en la guerra, a tener que matar. Y en esta ocasión no mato con repugnancia, me he rendido a la culpa, no tengo nada en contra de que este mundo sobrecargado y necio salte en pedazos; yo ayudo con gusto, y con gusto sucumbo yo mismo a la vez.El lobo estepario. Hermann Hesse.
Ella piensa: "Le estoy diciendo quién soy. Le interesa saber quién soy". Eso es cierto, pero siento curiosidad por su manera de ser porque quiero follármela. No necesito todo este gran interés por Kafka y Velázquez. Mientras converso así con ella, me pregunto cuánto más voy a tener que aguantar. ¿Tres horas? ¿Cuatro? ¿Llegaré a ocho horas? Cuando llevamos veinte minutos cubiertos con el velo, me pregunto ya: ¿Qué tiene esto que ver con sus tetas, su piel y su porte? El arte francés del coqueteo no me interesa, al contrario que el impulso salvaje. No, esto no es seducción. Esto es comedia. Es la comedia de crear un enlace que no es tal, que no puede competir con el enlace creado sin artificio por la lujuria.
- Ese concepto del tránsito -Ayala sonrió, encantado de prolongar la conversación con el maestro de esgrima- tiene un sospechoso tufillo católico, ya sabe. La buena muerte como puerta de la salvación eterna.
- Si se espera la salvación, o lo que sea, la cosa ya no tiene mucho mérito... Yo me refería al último combate en el umbral de una oscuridad eterna, sin más testigo que uno mismo.
- Se olvida usted de Dios.
- No me interesa. Dios tolera lo intolerable, es irresponsable e inconsecuente. No es un caballero.
Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974.
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En mi partida de nacimiento, mi nombre figura como Calíope Helen Stephanides. En mi último carné de conducir (de la República federal de Alemania), mi nombre de pila es simplemente Cal. He sido guardameta de hockey sobre hierba, miembro durante mucho tiempo de la Fundación para Salvar al Manatí, esporádico asistente a la misa ortodoxa griega y, durante la mayor parte de mi vida adulta, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores de Estados Unidos. Como Tiresias, primero fui una cosa y luego otra. Fui ridiculizado por mis compañeros de clase, convertido en conejillo de Indias por los médicos, palpado por especialistas y calibrado por Don Dinero. Una pelirroja de Grosse Pointe se enamoró de mí, sin saber lo que era (También le gusté a su hermano.) Un carro blindado me condujo a una batalla urbana; una piscina me convirtió en mito; abandoné mi cuerpo para tomar posesión de otros: y todo esto ocurrió antes de que cumpliera dieciséis años.
Me molestaba que el anciano quisiera sustraerse a mis preguntas y a mis quejas de una manera tan bromista, y lo miré lleno de enojo. Entonces se inclinó un poco hacia adelante, puso su boca muy cerca de mi oreja, su boca ya enteramente infantil, y me susurró quedo al oído: "Hijo mío, tomas demasiado en serio al viejo Goethe. A los viejos, que ya se han muerto, no se les puede tomar en serio, eso sería no hacerles justicia. A nosotros los inmortales no nos gusta que se nos tome en serio, nos gusta la broma. La seriedad, joven, es cosa del tiempo; se produce, esto por lo menos quiero revelártelo, se produce por una hiperestimación del tiempo, por eso quería llegar a los cien años. En la eternidad, sin embargo, no hay tiempo, como ves: la eternidad es sólo un instante, lo suficientemente largo para una broma.
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